La OTAN nos arrastra a la guerra. 40º Aniversario de un referéndum farsa

Mar 3, 2026 | Actualidad

El 12 de marzo de 1986 se celebró el referéndum que culminó el proceso de entrada en la OTAN del Estado español. Una vez más, Francisco Franco lo había dejado todo atado y bien atado. Aunque en el imaginario popular el proceso de incorporación a la OTAN comenzó una vez fallecido el dictador, para explicarlo habría que remontarse a 1953, cuando se firman los Pactos de Madrid y se abren las bases militares yankis en Zaragoza, Torrejón de Ardoz, Sevilla, Morón de la Frontera y Rota. Estados Unidos necesitaba la complicidad del Estado español para poder controlar la entrada a Europa y combatir el avance del socialismo. De igual manera, la burguesía española, en connivencia con las burguesías vasca y catalana, requerían una apertura mercantil del régimen para aumentar su tasa de beneficios. Este proceso lo comenzó el régimen franquista, lo proyectó la UCD de Alfonso Suárez y lo resolvió el PSOE de Felipe González. 

Decimos que fue un referéndum farsa por toda la escenografía y la mercadotecnia que se desplegó para que la clase obrera y las capas populares picaran el anzuelo. Por un lado, el PSOE ganó sus primeras elecciones gracias a su posicionamiento contra la OTAN. En 1981, el PSOE decía «OTAN de entrada NO». En 1986, «vota , en interés de España». Incluso, Felipe González llegó a amenazar con dimitir si salía el no. 

Por otro lado, a la población general se le consultó si estaba a favor de una permanencia en la OTAN con las siguientes condiciones: uno, sin «incorporación a la estructura militar integrada»; dos, con la «prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español»; y tres, hacia la «reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España». El sí ganó en la mayoría del Estado, salvo en el País Vasco, las islas Canarias, Catalunya y Navarra. Desde luego, un resultado que no reflejaba las movilizaciones masivas de la clase obrera y las capas populares en contra de la Alianza Atlántica. 

La realidad actual demuestra que estas condiciones no eran más que propaganda barata. En primer lugar, en 1988 se firma el Convenio de Cooperación para la Defensa entre España y los EE. UU., cuyo artículo 11.2 permite la instalación, almacenamiento o introducción de armas nucleares previo acuerdo entre ambas partes. En segundo lugar, en 1999 el Gobierno de José María Aznar incorpora al Estado español a la estructura militar de la OTAN. Por último, la presencia militar estadounidense en el Estado español ha ido en aumento. Algunos ejemplos de ello: el despliegue de cuatro destructores Aegis en la base naval de Rota, así como la incorporación de 1 400 militares y civiles a la base durante el Gobierno de Zapatero; o el uso sistemático de la base de Morón de la Frontera como punto de escala y repostaje de la aviación yanki para el control de África y del suroeste y centro de Asia. 

La OTAN está hoy más presente que nunca en el día a día de la clase obrera porque en un momento de crisis general del sistema capitalista, el imperialismo busca la guerra, no solo para vender armamento y reforzar el capital financiero, sino, sobre todo, para crear desiertos industriales donde comenzar ciclos de acumulación con baja inversión inicial a costa de la deslocalización de la producción. Pero para eso es necesario que mueran miles de seres humanos, como sucedió en Vietnam o en Corea, y como está sucediendo ahora en Gaza o en la RASD. De ahí que Estados Unidos reclame el 5 % del PIB del Estado español para la industria de la muerte, porque la muerte es, para el imperialismo, un objetivo estratégico. No importa que la clase obrera y los sectores populares no tengan acceso a una educación de calidad, a una sanidad pública y gratuita, o a unos barrios accesibles con ocio alternativo para nuestra juventud y nuestras personas mayores. Para el imperialismo, los servicios públicos son gastos, pero la muerte es inversión

No obstante, la clase obrera y los sectores populares harían bien en desconfiar de quien reduce la guerra imperialista al ombliguismo de los gastos sociales. Si el objetivo estratégico del imperialismo es la muerte a través de la guerra imperialista, el objetivo estratégico de los pueblos es la paz. No importa si esa guerra repercute en los gastos sociales o no, porque hoy son Cuba, Palestina, Venezuela, Corea, la RASD… pero mañana puede ser cualquiera, porque el imperialismo se acabará muriendo, pero morirá matando. Debemos levantar firmemente la bandera del internacionalismo proletario

En este sentido, es obligatorio mencionar la ofensiva que la OTAN está llevando a cabo contra la Federación de Rusia en Ucrania. Ya van trece años desde el estallido del Euromaidán y el exilio de Víktor Yanukóvich, destituido por congelar la firma del Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea y Ucrania en favor de reforzar los lazos comerciales con Rusia. El presidente títere Petró Poroshenko, apoyado por Estados Unidos, la UE y grupos fascistas ucranianos como Sector Derecho o Svoboda, inició un proceso de fascistización en el país que la actual marioneta Volodímir Zelenski profundizó hasta provocar la guerra con Rusia. Entre tanto, las poblaciones rusófonas del Donbassse enfrentaron desde 2014 no solo a políticas de segregación, sino también a bombardeos desde Kiev con frecuencia media semanal. 

Lo más llamativo es que la UE imperialista se beneficiaba de los acuerdos comerciales con Rusia. La construcción del Nord Stream 2, capaz de canalizar el gas ruso hasta Alemania en poco tiempo y a escaso coste, supuso una amenaza tan grave para la economía estadounidense que lo volaron en un ataque de falsa bandera. La UE lacaya aviva la guerra con Rusia a costa del pueblo trabajador ucraniano acatando las directrices de Estados Unidos. La lógica imperialista es autofágica

En este asunto, el autodenominado Gobierno más progresista de la historia de España, el Gobierno de coalición PSOE-Sumar, se ha comprometido a financiar la guerra en Ucrania con 300 millones de euros: 100 millones para comprar armas a Estados Unidos, y 200 millones para la reconstrucción de un país que está ya vendido (o regalado) a fondos de inversión como BlackRock. Además, ha dejado abierta la puerta al envío de tropas, dejando a la juventud un futuro truncado por las balas. 

Es necesario que el pueblo trabajador comience a organizarse en un frente amplio contra la OTAN y las guerras imperialistas para derrumbar la barbarie a la que nos han llevado. La OTAN nos arrastra a la guerra, pero nosotras y nosotros no vamos a ser carne de cañón para enriquecer a los explotadores. Este 12 de marzo levantemos movilizaciones masivas contra la OTAN. Después del 12 de marzo, organicemos un frente obrero y popular para tumbarla. 

¡Paz, Techo, Trabajo!

¡OTAN no, bases fuera!